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“Échame un Cuento” Posted on November 28th

Feliz día de independencia de España (thanks, dude!), súper lectores. Debería hacer un editorial acerca de esta fecha tan importante en la historia panameña pero la verdad es que es un día libre y la última cosa que quiero hacer es una investigación. Creo que lo único que quieren saber de la fecha es que un grupo de gente se emputó de seguir unidos a España y el 28 de Noviembre en 1821 se tomaron acciones para separarnos de nuestro país madre. Si quieres saber más acerca de nuestra historia (sin mucho enredo) haz click aquí. Hoy les voy a publicar un cuento que hice para una compilación de cuentos que publicaré algún día pero decidí editarlo para mandarlo a La Hoja. Después de un rato me di cuenta que me sería imposible ya que el relato es largo y no quería destruir la obra. En fin, léelo y si te gusta, comenta!

Había una vez un joven llamado Marco se sentó en una de las tantas bancas de la plaza cerca de su apartamento, poniendo la mochila entre las piernas y su paraguas al costado del asiento. Era un día fresco; ni muy soleado, ni muy oscuro pero con una brisa fría… todavía era de mañana y usualmente llueve en la tarde así que el paraguas era nada más que prácticando a ser precavido.

Alrededor de la plaza, las palomas se acumulan alrededor para poder comer de las migajas que los viejos arrojan… señores jubilados que acostumbran a venir para echar cuentos con sus antiguos compañeros de trabajo y demás. Niños revolotean con globos celebrando un cumpleaños. Un grupo de señores jugando dominó sobre una caja de cerveza y un pedazo de cartón que posa como mesa. Todo el mundo en su propia vaina; aquí sí podrá leer un poco. Acaba de comprar un libro de compilación de autores panameños con el titulo sin perdedero “Panamá Cuenta.” Dicen que los narradores panameños son de los mejores en Latino América, así que decidió usar algo de su mesada para averiguar cuanto hay de cierto en ello. Justo cuando iba a empezar a leer el primer cuento, largo para acabar de joder, pasa caminando un hombre ya mayor en un traje de conejo rosado y se le sienta al lado en la banca, corriéndolo al otro lado de la misma. Tras su imprudencia, el jóven ve al invasor de su asiento detenidamente: la máscara no tiene las facciones de conejo, optando en vez por portar la cara de quien lo tiene puesto; un rostro con los años marcados en el semblante, sin afeitar, sin gracia y con un cigarrillo en la boca. Marco no le presta mucha atención y abre su libro denuevo… el conejo, pendiente a lo que hace el muchacho. El señor mágicamente saca un encendedor negro de la nada y prendiéndole fuego al blanco, le habla.

“Te voy a echar un cuento.”

“¿…Disculpe?”

“Veo que te gustan los cuentos,” le dice el conejo mientras Marco mira a su alrededor para ver si alguien más está viendo que tiene a este loco sentado al lado; “así que te voy a echar uno.”

“¿Qué? ¿Y el traje?”

“¿Cuál traje?”

“El de conejo que llevas puesto.”

“Ahh,” le responde el señor tras verse de abajo para arriba; “estaba entreteniendo a los niños en la fiesta al otro lado de la plaza.”

“¿En serio?”

“En realidad, no.”

Un momento de silencio transcurre mientras el joven no puede discernir entre realidad y ficción concierne a tan misterioso individuo, sonriendo con la confianza que inspira un tracalero, sentado al lado suyo. Los niños rien a lo lejos.

“Bueno,” le dice Marco, pensándolo un momento y posteriormente llegando a la conclusión de que si así va a ser la única forma de que se vaya el loco este, entonces qué más da. “Échalo, pues.”

Había una vez un hombre que siempre andaba a todos lados con un paraguas negro. Quien me contó este cuento le llamó tanto la atención que lo siguió a todos lados por una semana así que lo que te digo es la verdad… la real de la leyenda, papá. La vaina es que siempre andaba con el paraguas abierto para todos lados, aunque hubiera un sol del carajo todo endemoniado lo veías con el paraguas, como si tuviera miedo que los rayos del sol lo derritieran. Es más… nunca se le vio con el paraguas cerrado. Siempre se vestía de negro: paraguas negro, zapatos de charol negro, pantalones de vestir negros, saco negro, corbata negra y un sombrero de vaquero negro. Si no fuera por la camisa blanca que usaba debajo del saco te juro que pareciera que trabajara en una funeraria o algo así… nunca sudaba, nunca hablaba, nunca sonreía… solo lo veían caminando por todas las avenidas de la ciudad. Nadie sabe de donde vino, hacia donde iba o donde vivía. Dicen que se sentaba en los diferentes parques de la ciudad y que si te le acercabas pues te daba una moneda de veinticinco centavos; acto seguido, sacaba de su saco una cajita con algo adentro. Si adivinabas lo que era, te ganabas todas las monedas de veinticinco centavos de los otros que habían intentado adivinar… pero si no… si no adivinabas correctamente, por no saber te quitaba toda tu sabiduría. Quedabas hecho un vegetal.

Muchas personas han muerto a causa del señor; les robaba todo lo que tenia su mente, dejándola en blanco. Pasaron los años y acaparaba más inteligencia y más dinero por cada persona que se daba cuenta de quién era; dejaban que su codicia los llevara por senderos desconocidos…senderos peligrosos. Dicen que hay un señor escondido en uno de los hospitales de la caja de seguro social que está en coma; el único sobreviviente de la adivinanza del señor del paraguas negro, y están esperando a que se despierte para saber quién es el que le intentó robar su mente… y cómo hizo para salvarse de tan horrible fin. Dicen que en realidad el tipo este es el señor del paraguas, y que la recompensa no es más que el robo del cuerpo de quien adivine; así es como ha logrado sobrevivir todos estos años. Total, nadie ha visto al loco del Seguro así que no se sabe si es verdad o no.

“¿Qué le pasó al señor del paraguas?”

Desapareció. Hay muchos cuentos de qué fue lo que pasó. Unos dicen que se murió de un ataque cardíaco. Otros, que se mudó al interior. He oído todas las historias, pero hay una y una sola que me llama más la atención… no se si es por la historia en sí, o por la persona que me lo contó. Una señora ya mayor… de esas que arrastran la nalga al caminar. Tenía el cabello corto, blanco con entradas negras y un parche negro en el ojo derecho debajo de sus lentes de abuela… nunca me mostró el ojo ciego pero me dijo que lo perdió cuando iba a prender un cigarrillo y la flama del encendedor inexplicablemente se alborotó y le quemó el ojo, destruyéndole la cornea. Tenía ese olor de señora mayor, como de viejo y andaba en un traje negro de seda y pantuflas.

Estaba sentado en una banca igual que ahora cuando la señora se me acercó y me empezó a echar el cuento… nunca antes en mi vida la había conocido. Nunca la había visto, nunca nada. Le pregunté quién era y ella me dijo “A ti no te importa quién soy. Te importa lo que te voy a contar.” Me dijo eso, y no supe qué más decirle… fue ahí cuando empezó su historia.

Había una vez una niña de veintiún años que trabajaba en un boticario de la ciudad. Estudiaba medicina en la universidad nacional, segundo año; se vino a la ciudad sola así que tenia que pagar la universidad de alguna manera. Atendía a suficiente clientela para decir que le pagaban bien. Eran la una y cuarto de la tarde cuando a la farmacia entró un señor con un paraguas negro; le llamó la atención porque el día estaba soleado y aún así lo tenía abierto. No solo eso, sino que estaba vestido todo de negro: saco, pantalones, zapatos, y hasta llevaba puesto un sombrero de vaquero con el mismo color. Su camisa blanca le daba cierta estampa de hombre de dinero pero la gente así no tiene cara tan amargada como la que ese señor llevaba esa tarde. Espero a estar en la sombra que le daba el establecimiento para posar el paraguas abierto en la entrada; éste no tenía puertas de ningún tipo pero era pequeño así que el espacio lo forzó a dejar su preciada protección. Caminó hasta el final de la farmacia donde estaba la niña paralizada por el porte del hombre y cuando llegó a donde ella lentamente se quitó el sombrero de vaquero y lo puso sobre el mostrador para revelar su cabello, blanco como la telaraña. La miró con vista penetrante y le pidió una medicina que la persona que me contó no se acuerda del nombre; pudo haber sido cualquier cosa, desde pastillas para dormir hasta medicina para la tos, o para la indigestión. Lo importante de esta medicina era que había que hacerla. Ella era la única en la farmacia ese momento y el señor parecía apurado, viendo hacía afuera cada dos segundos… la niña decidió intentar hacer la medicina por su cuenta. Le pidió al señor que la esperara un momento y mientras caminaba trataba de recordar toda clase de química que le han dado… nunca antes había hecho una mezcla sin supervisión.

Pasaron los minutos y la niña salió del laboratorio con el frasco lleno de un líquido verde y se lo dio en una bolsa de papel al misterioso señor. Le cobró 75 centavos y el señor tenía un balboa; al darle su cambio al misterioso señor, este se le quedó viendo a la señorita unos momentos antes de tomar su sombrero y ponérselo en la cabeza. Se viró… y paró en seco; su paraguas no estaba donde lo dejó. Miró detrás de su hombro a la niña, quien no sabía lo que estaba sucediendo, para después sacar el frasco de su bolsa de papel y destapándola, se toma todo el contenido de una sola tragada. Puso el envase vacío en el mostrador y caminó lentamente hacia la salida como un soldado hacia una muerte segura… viendo a unos niños al otro lado de la plaza jugando con su preciado paraguas negro. Piensa dos veces antes de salir… cuando da el primer paso hacia fuera, no siente nada. Más confiado, empieza a caminar. De repente, la niña se espanta al ver como al señor sale humo por las ropas. El señor a duras penas se vira para regresar a la sombra de la farmacia, revelando su rostro mientras humea y se derrite. Sus piernas no le dan más y se rompen a la rodilla. Sus gritos de agonía se escuchan por cuadras a la redonda… trata de arrastrarse con los codos pero no logra llegar a la seguridad de la sombra y se desvanece con el sonido de un huevo friéndose, dejando solo su saco, pantalones, zapatos y sombrero negro en la acera frente a la botica. El señor se evaporó, y nadie más nunca lo volvió a ver. Según la doña, la niña ahora está en una institución médica, vuelta loca por lo que presenció esa tarde.

La señora se levantó de la banca, me dio una moneda de veinticinco centavos y se fue caminando de la plaza cubriéndose la cabeza del sol porque los viejos somos así… no nos gusta mucho el sol fuerte. Nunca más la vi. Pasaron los años y seguían apareciendo historias del hombre del paraguas negro pero ninguna me pegó tanto como el de la señora aquella vez. Fue una vaina impresionante. Te lo juro, hay veces en las que camino por ahí y juro haber visto al señor ese, con paraguas en mano cuando hay un sol de playa… pero no creo que sea él. Al menos que haya revivido de alguna manera… personajes así nunca mueren, sabes. Personas así son eternas. Creo que esa muchacha todavía ve al tipo cuando sueña en las noches. La atormenta por no haber hecho la medicina bien.

“¿Porqué crees que fue la medicina lo que lo mató?” le pregunta Marco.

“Porque la muchacha fue la que hizo la medicina mal,” le responde el conejo, mientras guarda el paquete de cigarrillos y el encendedor dentro de su cajita. “Si hubiera hecho la medicina bien, el man no se habría derretido…”

“Quién sabe… si soy doctor, no le daría a alguien medicina defectuosa.”

“Tal vez ella sí. ¿Le vas a decir que no sabes cómo mezclar vainas a tremendo loco si se te apareciera?”

“Si su vida dependiera de ello, sí…”

“Qué va… todavía pienso que fue la niña. Qué idiota.”

“¿Y el paraguas, qué?” le pregunta Marco, notando el volátil temperamento del señor y el nerviosismo que está causando.

“Quién sabe… pero si este cuento que te eché tiene una moraleja, es esta: No confíes de gente que usa paraguas en día soleado. Te pueden arruinar la vida.”

“¿…Qué clase de moraleja es esa?”

“Hey, pelao,” le dice el conejo mientras se levanta de la banca y busca algo en el bolsillo de su disfraz; “métele cabeza y verás que no es tan estúpida como suena.”

Marco queda inmóvil mientras ve al conejo sacar una moneda de veinticinco centavos y se la pone en la palma de la mano. Con la mirada de alguien que acaba de hacer una gran maldad, el conejo le dice, mientras bruscamente le pasa el dedo pulgar por la frente: “Cómprate un raspao. Estás sudando.”

El conejo toma el paraguas al costado de la banca y así camina fuera de la plaza, desapareciendo entre la muchedumbre en uno de los tantos callejones alrededor mientras abre su paraguas, el humo del cigarrillo dejando un camino en el aire. Marco se le queda viendo, dándose cuenta que ya no tiene porqué saber de otro cuento; le acaban de narrar el relato que lo marcó de por vida. Dejando el libro en la banca, él también se confundió entre la muchedumbre para intentar seguirlo, así desapareciendo…

Nadie nunca más me vio.

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Some Responses to ““Échame un Cuento”” :

  1. El viejo del paraguas me parece una mezcla de vampiro con Scrooge… hehe…

    Commented Antonio Touriño on November 28th, 2006.
  2. En lo personal me imaginaba al man que hacía del viejo en “Rewain”…

    Commented Rob on November 28th, 2006.
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